Enmarcando la bahía de Samaná como un resplandeciente cordón verde, el Parque Nacional Los Haitises divide su espeso bosque húmedo de la rica costa marina con un denso cordón de mangles. Este parque se alza como el monumento natural más importante de nuestra isla, dignificando su nombre “tierra de montañas”.

Los Haitises es un área protegida desde el 1968. Guarda en su interior la más grande muestra del manglar caribeño. Beneficiado de su ubicación costera, goza de una concentración de aves endémicas, nativas y migratorias que solamente existen en ese punto tan especial de Quisqueya.

Transportarse hasta el corazón de este paraíso virgen y conectar con el entorno no tiene precio. De un segundo a otro te envuelve un jardín encantado, donde cada animal juega su papel dentro de esta película mágica. Los densos manglaress brindan alimento y resguardo a miles de especies que aprovechan el clima perfecto de la bahía.

En esta ocasión la suerte nos brindó la oportunidad de observar a la lechuza cara ceniza y al gavilán de la Hispaniola, dos especies endémicas y en peligro de extinción. La dicha de ver estas aves en su hábitat natural toco cada tecla de sensibilidad en nosotros, nos revivió el sentimiento de preservación que tanto nos hace falta.

Nos llena de orgullo poder reproducir las imágenes de esos días, la fresca noche donde resaltaba el brillo de los ojos de un búho criollo. Un ave nocturna, sigilosa, agresiva, pero hermosa y al mismo tiempo indefensa.

Un gavilán que carga diariamente el peso de una sociedad que inconscientemente lo destruye, acaba con su hogar y sus nidos. Poquito a poco convirtiéndola en la especie más críticamente amenazada de la isla. Tal vez saber que solo existen 300 aves de esta especie en estado silvestre, les conmueva tanto como a nosotros.

Al cerrar el día en Sabana de la Mar, una llamada nos cambia la ruta. “Vamos a ver un apiario muchachos!” grita producción en un momento de silencio. Automáticamente se nos borra el cansancio del rostro y nacen miles de preguntas acerca de las abejas y la miel.

Todos disfrutamos de su dulzura, pero nadie tiene simpatía por las pobres abejas. Con un poco de miedo (el traje, máscara, botas, sombrero y de todo puesto) enfrentamos el desafío hasta extraer la deliciosa miel natural que disfrutamos en casa. Al final todo un éxito hasta el punto de chuparnos lo dedos, cada quien con su envase completo como souvenir nos dirigimos a casa.

Un capítulo que aunque tratamos de animar con la dulzura de la miel, nos deja una huella grande. Cada cual continúa sus labores con la conciencia y responsabilidad de difundir las enseñanzas de don Juan en los Haitises. Con las ganas de aportar unas gotas de sudor a nuestra tierra. La misma que vio nacer a nuestros abuelos y donde luego fueron sepultados y que espera recibir a nuestros sucesores con la misma capacidad.

Nuestra tierra, nuestro pedacito de isla, nuestra casa.
¿Quién cuida de ella, si no lo hacemos nosotros?


Gary De Arriba

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