Llega un momento que el cuerpo te exige un poco de sol y arena.

Por eso, retomando nuestros viajes hicimos un cambio de región y de clima.
Hasta ahora Andariego se ha mostrado como un aventurero de bosque nublado, amante del clima frío y del aroma de las verdes montañas.
Pero somos más que eso y nuestro propósito con esta serie es dar a conocer a los lugares y paisajes escondidos de nuestra isla. Motivados con la belleza natural de lugares poco explorados, en cualquier zona o región donde se encuentren.

Nos dirigimos entonces al Este de la isla, al destino Samaná.
Este es uno de los casos de provincias que aún conservan su nombre taíno, “Xamana”, y que aún conserva infinitas riquezas como sus playas prístinas y rica cultura que hace eco en todos los ámbitos sociales.
Eran tantas las cosas por hacer y tantos atractivos que visitar, que optamos por dividir el episodio en dos entregas de media hora y así poder satisfacer nuestras ansias de llevarles esta joya a sus pantallas.

Santa Bárbara de Samaná, como se llama la capital de la provincia es un pueblo hermoso. Una auténtica mezcla de verdes montañas con el azul océano, que juntos, conjugan el ambiente perfecto.
La increíble vista de la bahía con su emblemático puente, que va desde la ciudad a las montañas es un “must”, como dicen por ahí, que no debe faltar cuando visiten la provincia.

En el inicio del recorrido por Samaná, visitamos La Churcha o, “Saint Peter Church”, la primera iglesia no católica de la región. En esta iglesia se destaca una estructura metálica embarcada desde Inglaterra en el año 1820, conservando aún sus costumbres centenarias (se conserva como Fefita), hasta se imparte la misa en el idioma inglés.
Su arquitectura es asombrosa y ha conservado su estilo antiguo durante los años.

Desde Samaná partimos en bote al Parque Nacional Los Haitises, atravesamos la bahía para explorar este tesoro nacional. Un tour entre las formaciones rocosas, las cavernas donde se puede apreciar pictografías y petroglifos taínos, además de la oportunidad de observar los manglares donde se alimentan cientos de especies.
La diversidad de aves es asombrosa, puedes tener una experiencia más cercana visitando el cayo de los pájaros dentro del mismo parque.
De vuelta a tierra hicimos una parada, no técnica, más bien, obligatoria en D’ Vieja Pan Ingles. Un quiosco galardonado con la eco-certificación Dominican Treasures por los deliciosos postres artesanales dominicanos que prepara “la vieja”.
Allí compramos una buena porción de pan inglés, de “Jhonny Cake” y de su coconete hecho a leña en su propia casa. No existe (repito, no existe) pan más delicioso que el relleno de guayaba de la vieja; deberían hacerle un monumento en el parque del pueblo. Una verdadera “jartura” para recargar energías y poder continuar nuestro camino.

Desde el pueblo de Samaná tomamos la carretera del Limón hacia Las Terrenas. Decidimos hacer una parada en un atractivo turístico que no podía pasar por desapercibido, El Salto del Limón.
Una cascada de 45 metros de altura que termina en un balneario exquisito. El trayecto se hace a pie o a caballo y existen varias rutas para llegar al mismo punto.
Es importante saber que hay que descender por muchos (muchísimos) escalones, pero les aseguro que todo el esfuerzo vale la pena. La vista desde la base del salto es impresionante, el sonido del gigante salto de agua cayendo y chocando con las rocas es todo un espectáculo.
De vuelta a la carretera, nos dirigimos rumbo a otra aventura increíble. Pero lamentablemente aún no puedo contarles, no se pierdan el próximo post.


Gary De Arriba

Jeep